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No te Pre ocupes, mejor ocupate...

 
 
 

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La preocupación es una de las fuentes principales de estrés y de enfermedades físicas y en muchas ocasiones es también lo único que se interpone entre nosotros y nuestra felicidad verdadera en el momento presente.Por otro lado, atribuimos a los problemas de la vida la causa de nuestras preocupaciones. Desde hace mucho tiempo asumí una filosofía antes los problemas de la vida que estoy seguro me ha hecho la vida menos estresante, más placentera y sin duda más feliz, es tan simple que también me ha causado varios conflictos principalmente de pareja o amigos, cuando la otra parte decide que estoy “minimizando” el problema o cuando me he topado con gente que casi podríamos asegurar les gusta sufrir, aunque no creo que esto sea cierto para ningún ser humano.

La filosofía es esta: un problema es una situación en la que tengo que decidir entre 2 o más opciones o cursos de acción, así de simple, un problema no es más que una decisión pendiente. Si tengo una situación que me presenta al menos 2 posibilidades, 2 caminos, 2 cursos de acción, 2 respuestas, entonces sí tengo un problema, pero buenas noticias: “¡Tiene Solución!”. Así que si tiene solución, si hay algo que puedo hacer, si esta dentro de mi control el rumbo que esa situación tomará, entonces ¿de qué me preocupo?, lo que tengo que hacer no es PRE ocuparme, es ocuparme y eso implica decidir cuál de esas alternativas o posibilidades es la mejor o en muchos casos la menos mala y cuando termino mi evaluación y digo esta es la buena, en ese mismo instante se acabo mi problema porque ya no tengo una decisión pendiente, solo tengo que trabajar e implementar la opción que escogí.

Por otro lado, si la situación por la que estoy atravesando por grave que sea no me da alternativas, es decir por más que lo pienso y lo pienso no puedo tomar ningún camino, entonces por molesta que sea y de la naturaleza que sea, ya sea enfermedad física, situación familiar, conflicto de pareja, de trabajo, tengo que aceptar que NO tengo un problema, porque no hay opciones, no hay nada que hacer mas que aceptar mi situación y esperar a que cambie. Lo que tengo que hacer es no hacer nada y eso implica nuevamente no preocuparme, en este caso porque no hay nada dentro de mi control que se pueda hacer.

¿Cuál es el resultado de esto?, que en ninguno de los casos se genera preocupación, solo la determinación de decidir lo más pronto posible entre mis alternativas e implementar la ganadora; o en el caso en el que me doy cuenta que no tengo un problema, la determinación de aceptar mi situación presente por molesta que sea y dejar de “pelearme” con ella simplemente esperando que cambie porque TODO cambia.

No es fácil tomar esta actitud cuando estamos agobiados por “problemas” financieros, de trabajo, familiares, pero una vez que entendemos la verdadera definición y naturaleza de los problemas nos da un gran alivio ver que no tenemos problemas en la vida, solo decisiones pendientes y llamémosle “aceptaciones” pendientes.

El reto mayor de hecho, es cuando no tenemos un problema (porque no hay opciones) y lo que tenemos es una “aceptación” pendiente, el reto de darnos cuenta y convencernos de que la vida, el universo, Dios tiene el control y no nosotros. De que lo único que nosotros podemos controlar y decidir es nuestra actitud mental y decidir estar feliz en lugar de preocupados, gozar el momento en lugar de echarlo a perder, dar felicidad a los que me rodean en lugar de contagiarles mi preocupación o malestar. De eso sí soy responsable, de eso sí tengo control: de convertir en todo momento mi malestar en bienestar; por eso dicen algunos grandes maestros: “nuestra mente es la única responsable de nuestra felicidad verdadera”.

Hay otra definición de las preocupaciones que nos ayuda a reforzar estos conceptos, la palabra misma lo dice, preocuparse es ocuparse antes de tiempo, por eso el PRE, y esto tiene gran profundidad, es ocuparme de algo que NO ha llegado a mi presente, puede ser algo latente en mi vida y por supuesto que mis ideas, palabras y acciones definirán lo que vaya apareciendo o no en mi vida, pero el hecho es que NO ha llegado y yo ya estoy perdiendo mi tiempo en atenderlo antes de que llegue en preocuparme. Como no ha llegado la única manera en la que lo puedo atender es mentalmente con preocupación, estrés, malestar, todavía no puedo hacer otra cosa. Pero te has puesto a pensar que mucho de lo que te preocupa puede no llegar, es decir ni siquiera cristalizarse en tu vida, si analizas tu pasado encontraras numerosas situaciones que te preocuparon y que luego no llegaron o llegaron menos graves de lo que te preocupaste. 

Entonces no te adelantes, no pierdas el tiempo atendiendo cosas que no han llegado, deja de PRE ocuparte, mejor ocúpate en tomar decisiones, estar feliz y en asegurar con tus ideas, palabras y acciones un futuro mejor.

Guillermo Mendoza


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Mi abuelo, papá y yo nos hemos querido en silencio

Hay que llevar botas largas, dijo mi abuelo. Botas largas y de cuero. De cuero fuerte, subrayó con una voz carrasposa.
Una voz que arrancaba trémula y se endurecía a medida que sumaba palabras. Los tobillos no tienen que quedar libres, continuó.
Tampoco los tenemos que cubrir con medias finitas, de esas que usan ahora los maricones. El pasto está alto. Hasta las rodillas nos llega. Yo había dejado dos cabritas, pero con el hambre que hay se ve que fueron a parar a alguna parrilla. Tenemos que ir con cuidado. Lo que no se puede ver lo tenemos que escuchar. Se mueven despacio, aunque los mordiscos los dan rápido. Son bravas. Ayer vi una del tamaño de un brazo, dijo acomodándose en el sillón marrón.
Me pasó entre las piernas. Yo me quedé quieto como un árbol.
Lo que me falta, a esta altura, es que me mate una víbora.
Mi viejo me miró y torció la boca debajo de los bigotes de la barba negra y canosa. Apenas movió los labios. Fue una sonrisa pequeña, de esas que se hacen cuando jugás al póker. Una especie de engaño confesamente artificial, que expone la ambigüedad que, de tan tramposa y espontánea, parece cierta. Luego mi viejo apoyó las manos en las piernas de mi abuelo que ya no servían para mantenerlo en pie. Mirándolo a los ojos, dijo: vamos a tener que ir, entonces.
Hacía al menos un mes que mi abuelo venía contando esa historia. Apenas entrábamos a su casa, mi abuela nos advertía "otra vez se despertó hablando de los campos y las víboras". Lo escuchábamos contar los sueños como si hablara de su jornada laboral. Decía que en total eran más de diez hectáreas. Decía que las había comprado por dos mangos durante el rodrigazo. Decía que le hubiese gustado armar una ladrillera. Decía que nunca había pagado un impuesto. Decía que no tenía ningún título de propiedad. Decía que no quedaban lejos. Decía que estaban en la provincia de Buenos Aires. Decía que eran suyas. Decía que quería que sean nuestras.
Me cuesta recordar en qué período del Alzheimer ( enfermedad que entre otras cosas genera en las personas pérdida de memoria, desorientación, tienen lapsos inesperados en el juicio, cambios inusuales de humor y emociones) fue que empezó con el tema de los campos.
En la puerta de la casa de mis abuelos, un sábado a la mañana del primer otoño del nuevo siglo, mi viejo estacionó el Ford 14000 verde que usaba para trabajar. Lo habíamos decidido la noche anterior, después de que mi abuelo volviera a insistir con los campos.
Cargamos tres pares de botas altas y duras, dos machetes collins, una pasta frola de membrillo que preparó mi abuela y el equipo de mates. En la parte de atrás del camión había un volquete vacío y abollado. Sobre un fondo rojo descascarado, en letras blancas se leía "Volquetes Huergo & hijos".
Mi viejo agarró a mi abuelo por debajo de los brazos y, mientras yo le sostenía las piernas de papel, dijo: vamos papi, a la cuenta de uno, dos y tresss. En dos movimientos lo apoyamos en la punta del asiento triple del Ford. Yo entré por el lado del conductor y me senté en el medio, rozando con las rodillas la palanca de cambio.
Mi viejo le dio un beso a mi abuela, que seguía de pie en la vereda, y subió al camión. La puerta de chapa hizo un golpe secó cuando la cerró –con fuerza– para que no quede entreabierta. Mi abuelo bajó la ventanilla y sacó la mano. Hizo un movimiento. A la distancia podía leerse como un saludo o como una indicación a mi abuela para que fuera hacia adentro. Mi viejo puso primera. Mirando hacia adelante, dijo: para donde vos digas.
Mi abuelo había pedido que apagáramos la radio con un gesto de la mano. Sólo escuchábamos el motor del Ford y el viento de los autos 0 km que pasaban por los costados. Llevaba una manta marrón que le cubría desde las piernas hasta el cuello. Sus ojos iban pegados a la ventanilla.
–Frená acá –dijo de golpe.
Mi viejo estacionó en la banquina, frente a una tranquera de madera curtida. Bajamos todos del camión, menos mi abuelo, que prefirió quedarse en la cabina con la puerta abierta. Agarramos las botas de cuero y las llevamos colgadas del hombro. Caminamos hasta la tranquera. Subimos a una madera que sobresalía. Ambos, con las manos de visera sobre los ojos, intentamos ver algún movimiento humano.
–No veo ninguna víbora –dijo mi viejo. Me tocó los rulos y volvimos al camión. Antes de cerrar la puerta del lado donde estaba mi abuelo, le preguntó: –¿Estás seguro que es acá?
–Creo que más adelante -dijo.
Como un gigante torpe, a los tumbos, el Ford se sumó a la ruta. Las cadenas del equipo golpearon contra el volquete. El ruido hizo vibrar la cabina y movió la manta marrón que sostenía mi abuelo.
Se lo notaba cansado, con los ojos a media asta.
Mi viejo siguió manejando sin abrir la boca, como cuando lo acompañaba los viernes a hacer cobranzas a Capital después del colegio.
Todavía en ruta, por la ventanilla del Ford, entró el olor a carne asándose en las parrillas de Dolores.
–Me parece que es acá –dijo mi viejo.
Acercó la trompa del camión al estacionamiento. Después cargó a mi abuelo a caballito. Al trote lo llevó hasta una mesa al costado de la ruta. Pedimos una parrillada completa, un vino tinto y un sifón de soda.
Mi abuelo no dejó achura por probar.
Cuando terminó, apoyó la manta en una silla vacía y esperó a que el sol le entibiara las piernas.
Después, mi viejo preguntó: –¿Seguimos?
Mi abuelo no dijo ni sí ni no. Movió la cabeza esperando a que tomáramos la decisión. Cuando lo subimos al camión, volvió a taparse con la manta.
–Vamos a casa –dijo en un tono casi inaudible.
Mi viejo sonrió y me pasó las llaves.
–Manejá vos –dijo.
El viaje de vuelta fue en un silencio absoluto. Sólo se escuchaba el ronroneo del motor del Ford. En el último tramo, cuando pasamos Brandsen, ambos se quedaron dormidos. Yo me pregunté si tendrían conciencia del recuerdo que estaban construyendo.
Supuse que no. Tanto mi viejo como mi abuelo pertenecen a ese estilo de paternidad que desconoce de divanes y reflexiones. Paternidades que se hacen presentes en las urgencias, apagando incendios. Paternidades que actúan como pueden, de un modo rústico y fraternal, tosco y libertario. Al fin y al cabo, una paternidad como muchas que se acumulan y como otras que vendrán. Una paternidad llena de diagnósticos errados, de abrazos partidos, de amor torpe, descuidadamente puro.
Cuando llegamos a la casa de mis abuelos ambos seguían durmiendo. Estacioné con el motor apagado, para que el cambio de sonido no los alterare.
Dejé pasar unos minutos, mientras acomodaba los machetes que no habían cortado yuyos ni cabezas de víboras. Yo también estaba cansado. Saqué la llave y cerré los ojos. En el hombro derecho sentí el calor de mi viejo. Del mismo modo, pensé, que mi viejo sentiría el de su padre en el otro costado.

mi abuelo mi viejo

No se trata sólo de llevar nueve meses y de dar a luz seres sanos de cuerpo, sino de darlos a luz espiritualmente. Es decir, no sólo de vivir junto a ellos, con ellos, sino ante ellos. Creo más que todo en la fuerza del ejemplo.
Victoria Ocampo
He sacado algunos párrafos por cuestiones de espacio y pido disculpas a su autor Damián Huergo. Es un emotivo llamado de atención al afecto que nos damos entre las generaciones de varones en la familia.
Hasta el mes próximo...


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¿Existe la Diabetes del embarazo?

Existen dos tipos de diabetes en el embarazo:

La Diabetes Pregestacional: son aquellas mujeres que tienen diagnostico de diabetes antes de quedar embarazadas. En ellas es fundamental la realización de estudios antes de buscar un hijo para estar en las mejores condiciones y prevenir riesgos.
La Diabetes Gestacional: es cuando se hace el diagnostico de diabetes en la madre durante el embarazo. En ellas la diabetes puede no desaparecer luego que nace el bebe, pero aumenta el riesgo de tener diabetes más adelante.

Un adecuado y precoz tratamiento antes y durante el embarazo evita complicaciones en el feto y la mama.

Por eso para una vida saludable lo fundamental es la prevención terapéutica precoz y control periódico.

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La alimentación del bebe:

¿qué recomendaciones tomar en sus primeras experiencias?

Se debe ofrecer un alimento nuevo cuando el niño tome bien el anterior (5 o 10 días), para que acostumbre al nuevo sabor y poder saber si le sienta bien.
 
Aunque no es importante el alimento que se introduce primero, es aconsejable ofrecer cuanto antes alimentos que contengan hierro, como las carnes.
 
En cuanto al gluten (contenido en el trigo, cebada, centeno), lo más adecuado es introducirlo en pequeñas cantidades al mismo tiempo que se continua dando el pecho, por su efecto protector frente a la enfermedad celiaca.
 
Evitar al principio alimentos que puedan contener muchos nitratos (como la remolacha, espinacas y zanahoria).
 
Se puede añadir al puré de verduras un poco de aceite de oliva.
 
No se debería añadir azúcar ni sal a los alimentos del bebe durante el primer año. Después es conveniente utilizar pequeñas cantidades de sal yodada.
 
Si el bebe hace unas 4 tomas de pecho, no necesita  otros alimentos lácteos (como yogur, queso,  ¨leches artificiales¨ en papillas).
 
Dejar que el niño ¨experimente¨ comiendo primero con sus dedos, luego con la cuchara.
 
Es una buena idea que el niño coma en la mesa con todos, la comida también es un acto social y el niño puede ver y aprender.
 
No tiene sentido introducir papillas u otros alimentos para que duerma mas, ni para que se ¨acostumbre¨ antes que su madre empiece a trabajar o para que gane más peso. No olvidemos que el aumento excesivo de peso en las primeras etapas de la vida puede predisponer a obesidad futura.
                                                                      la alimentacion del bebe

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